¿Hay libertad religiosa en Venezuela?

El 27 de Octubre

fue el Día de la Libertad Religiosa en el mundo. Cuando leemos sobre la situación de los cristianos en oriente, en Pakistán, o se sabe de los obispos presos en China y la persecución a los cristianos en ese país, las naciones latinoamericanas no pueden compararse en niveles de represión por sus creencias.

Nuestra tradición es proclive al respeto y la tolerancia. Las nuevas repúblicas independientes mantuvieron, al menos inicialmente, la confesionalidad católica del Estado.

Pero al mismo tiempo, la generalidad de los hombres de la independencia aceptaban e incluso promovían la tolerancia de la diversidad religiosa, hasta entonces vedada. Además, los inmigrantes trajeron consigo su religión, al amparo de la tolerancia de cultos que se fue abriendo paso en las cartas constitucionales americanas; en un primer momento, tolerancia para el culto privado, y en una segunda etapa, libertad de culto más plena y amplia.

No faltaron los problemas. En las sociedades de América del Sur se generaron así enfrentamientos entre la Iglesia y los grupos laicistas militantes, liberales, fuertemente anticlericales. Pero, desde que entró en vigencia la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la libertad religiosa ocupa un lugar central en el conjunto de los derechos humanos fundamentales, basados en la dignidad de la persona humana.

Ahora bien, tomando en cuenta que libertad de expresión y de prensa se considera tal si puede ejercerse sin sufrir consecuencias, podemos paralelamente afirmar que libertad religiosa va más allá de la libertad de culto.

Si usted considera que disfruta de libertad religiosa porque puede asistir a misa, visitar un templo cada vez que lo desee, participar en procesiones o prestar servicio a su parroquia, rezar en grupos sin ser molestado, encontrará que eso se puede en Venezuela.

Pero si, como enseñó con maestría Juan Pablo II -quien explicitó el contenido en sus discursos- la libertad religiosa está estrechamente ligada a la libertad de conciencia, si ella y su protección jurídica son precondición para la paz, usted comprenderá por qué la libertad religiosa es una verdadera libertad civil y social íntimamente vinculada con la verdad y con los valores morales. El papa Woijtila la definió como “un derecho humano, un punto de referencia, la fuente y la síntesis, la medida, la piedra angular y la razón de ser de todas las otras libertades”.

La Iglesia ha venido denunciando sistemáticamente las diversas formas de violación a la libertad religiosa, a veces brutales o veladas en el mundo entero. Las hay de todo tipo, sofisticadas y encubiertas o flagrantes y descaradas, hoy características de la situación específica de Venezuela. Proliferan los ataques, verbales o físicos a prelados de la Iglesia, obras e instalaciones católicas. Se interrumpen las ceremonias para amedrentar o divulgar discursos ideológicos oficialistas. Se presiona por vías fiscales a parroquias y diócesis, se inician procedimientos judiciales a representantes de la Iglesia, se derriban, profanan o mutilan imágenes de culto católico y se amenaza en todas las formas.

Caritas Venezuela, la punta de lanza del episcopado para atender a las ingentes necesidades de una población depauperada y urgida de alimentos y medicinas, ha visto muy limitadas sus posibilidades. El gobierno impide el ingreso de insumos que otros han querido donar y mira con ojeriza el que sea Caritas quien reciba y distribuya la ayuda. Como si fuera poco, el respaldo estatal a canales y emisoras católicas- legal y constitucional- brilla por su ausencia y huelga decir que resulta impensable el otorgamiento de nuevas concesiones y/o frecuencias de transmisión a nada que huela a Iglesia. Otra modalidad de acoso: el personal religioso que trabaja en Venezuela es objeto de frecuentes negativas de visado o permisos de residencia. Cuando esas cosas pasan, más vale percatarse, la libertad religiosa entra en modo-amenaza.

No hay punto de comparación entre el calvario de los cristianos en países musulmanes. Pero, como toda libertad, hay que estar vigilantes y defenderla de cada agresión por insignificante que parezca. Se empieza por el hilo y se hace un ovillo. Lo que está en juego no es poco: el respeto a la conciencia de la persona humana, la paz civil y la credibilidad de los acuerdos internacionales.

 

Fuente: Aleteia

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