Una lección de pluralismo religioso

Se entiende como sociedad pluralista la que acepta la diversidad en materia política, económica, religiosa, étnica, sexual o cultural y reconoce la relatividad de las verdades o, mejor dicho, que ninguna verdad es absoluta.

Todo conglomerado humano -por esencia- es plural, pero eso no significa que quienes lo integran sean pluralistas, porque su condición básica es el ejercicio individual de la tolerancia, de la aceptación y del respeto a las ideas u opiniones contrarias.

En una sociedad auténticamente plural toda persona tiene derecho a que se respete su manera de ser y de pensar. Pero toda persona tiene, al mismo tiempo, la obligación ética y política de buscar el entendimiento con quienes piensan diferente. Ese es el reto del pluralismo y lo debería ser, también de la política, cuya finalidad precisamente es la búsqueda de acuerdos que si no se hacen, -indefectiblemente- estimulan los desacuerdos. Y Colombia, desafortunadamente, no es una sociedad pluralista.

Desde hace mucho tiempo siempre hemos estado divididos en grupos tribales y antagónicos: en los albores de la conquista se denominaban “indios, mestizos, mulatos, negros, guaches y guarichas” y por el otro lado los “españoles”; durante la colonia los “criollos” y los “chapetones”; durante la independencia los “americanos” y los “españoles y canarios”; durante la violencia del siglo pasado, los “collarejos” y los “chulavitas”; los “cachiporros” y los “godos”; y en la actualidad, los “guerrilleros terroristas” y los “paramilitares”.

En realidad, no todas las personas se identifican en éste país como tolerantes ni practican ese tipo de pluralismo que no le teme a la diversidad, ni al encuentro de personas diferentes y que entiende que es posible plantear ideas contrarias, como lo son, por ejemplo, el ateísmo y la creencia en Dios, sin necesidad de quemar al adversario en las hogueras infames del fanatismo religioso.

Cuántas guerras, cuántos genocidios y cuánta atrocidad se hubieran evitado con el simple esfuerzo mental de tratar de entender a “los otros”, sin satanizarlos. Los “herejes”; los “infieles”; los “marranos” judíos; los “rojos” comunistas de la política; son algunas de las etiquetas que estigmatizaron y discriminaron llevando consigo el germen de la exclusión y del exterminio. Con ellas no se busca el acuerdo, sino el aniquilamiento del adversario.

Los colombianos debemos formularnos, a estas alturas del proceso de paz de la Habana, algunas preguntas elementales: ¿podemos aceptar, finalmente, que los antiguos guerrilleros puedan incorporarse al sistema político colombiano sin correr el riesgo de que sean exterminados, como ha sucedido anteriormente? ¿Podemos aceptar que coexistan formas individualistas y colectivistas en la economía del país? ¿Podremos aceptar diferentes formas de organización familiar? ¿Diferentes tipos de moral? ¿Diferentes creencias religiosas?

Bueno, aparentemente estamos preparándonos para empezar a realizar algunos ejercicios prácticos de tolerancia religiosa. Empecemos por el ejercicio de renunciar a tener enemigos. Preparemos nuestras mentes y nuestros corazones para entender y respetar a quienes piensan y sienten diferente. Solo un giro cultural copernicano, de índole pluralista, puede salvarnos del odio y de la intolerancia. El mundo marcha hacia la diversidad. ¿Estamos preparados o sucumbiremos a la ola del odio guerrerista, del tribalismo y del autoritarismo?

La semana pasada estuvo en Colombia Richard Dawkins, ciudadano británico nacido en Nairobi, en 1941, biólogo evolucionista, el más reconocido de la actualidad y uno de los divulgadores científicos más vehementes y respetados de los últimos tiempos. En su primer libro, ‘El gen egoísta’, publicado hace cuarenta años, Dawkins expuso su teoría que ha sido paulatina pero ampliamente aceptada entre los expertos en éstas materias por su gran claridad explicativa y por su potencial predictivo, aunque –por supuesto- ha sido criticada por algunos personajes recalcitrantes o fanáticos que solo leyeron el título y supusieron implicaciones morales que no tiene.

En mi ejercicio de periodista nunca había visto el estadio de la Universidad Javeriana tan concurrido. Parecía que lo hubieran preparado para unas olimpiadas de alto rendimiento y, en cierta forma, eso fue: un combate intelectual de alto nivel.

Los contendores, “ambos pesos pesados con excelente preparación”: En una esquina, Gerardo Remolina, jesuita, teólogo y filósofo; en la otra, Richard Dawkins, autor de otro famoso libro “El Espejismo de Dios”, científico evolucionista y activista ateo.

El combate era sobre si Dios es una ilusión. La pregunta planteada dejaba flotando una ambigüedad por el sentido de la palabra ‘ilusión’. La verdad es que se discutía sobre su existencia.

Escuché a unas estudiantes javerianas criticando que tal discusión se llevara a cabo allí, en ese centro educativo católico y jesuítico, en el mejor sentido de la palabra. Me imagino que ellas son católicas creyentes que desconocen uno de los mayores méritos de la `Societatis Iesus` que es ser la Orden de avanzada intelectual del catolicismo, a la que pertenece el actual Papa Francisco, también de avanzada, hasta donde puede llegar a serlo.

Me dio la impresión que todos los asistentes tenían claro que no habría ganador porque el debate se daba desde posiciones que, aparentemente, no se cruzaban, porque quien quiere creer lo hace como un acto emocional, profundo y personal. Y si esa creencia coincide con la religión que le enseñaron desde su niñez (lo que suele suceder con la inmensa mayoría de las personas), ya ha aceptado una verdad revelada y una doctrina oficial y, necesariamente, se inclina a considerar falsas las verdades reveladas de los otros, que no coinciden con las propias.

Como había pluralismo religioso entre los asistentes, no pasó nada. Si hubiera habido el fanatismo católico de otras épocas inquisitoriales, no se sabe qué pudiera haber sucedido.

Un intelectual, como Dawkins, cuando exige pruebas sobre la existencia de Dios espera hechos que pueda confrontar con el mismo rigor con el que confronta sus hipótesis científicas. Si bien es cierto que hay científicos que son creyentes (parece que cada día son menos) es claro que, para mantener esa posición, deben renunciar a usar en uno de los ámbitos de su vida, las herramientas de la lógica y del conocimiento que usan en el otro.

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido miles de dioses y las gentes han creído en todos ellos con la misma emoción profunda y han aceptado sus revelaciones como verdaderas, rechazando las de los otros. Y ese rechazo, en el caso de las congregaciones más tolerantes, se vio reflejado en cierta indiferencia pero, para infortunio de la humanidad, fue mayor y más terrible el fanatismo religioso al que se acudió para imponer su “verdad verdadera” y para empujar la gran mayoría de las guerras y de las persecuciones, que aún en nuestros días, contemplamos horrorizados.

Fueron tres horas de duros cuestionamientos. El padre Remolina reconoció que el universo tiene cerca de 14.000 millones de años, que la evolución es un hecho y que nunca existieron Adán y Eva. Pero reconoció también la dificultad para conciliar estas ideas con la doctrina de la Iglesia del “pecado original” y de la “necesidad de su expiación”.

Dawkins insistió en que el Universo y la Naturaleza no son pruebas de la existencia de Dios y que ese es un argumento muy débil. El Universo y la Naturaleza, en rigor, solo prueban que ellos mismos existen. En algún momento parecía que Dawkins enfrentaba a las doctrinas oficiales de la Iglesia. Fue un debate intenso y de mucha altura intelectual. Sin vencedores ni vencidos.

Fue una verdadera lección de pluralismo religioso.

 

Fuente: Diario del Huila

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